“Paisajes del interior”. Josep Ginestar

JOSEP GINESTAR

Desde 1991  Josep Ginestar (La Marina Alta, 1957), un artista ampliamente reconocido en la Comunidad Valenciana, no realiza una exposición individual en Madrid, si bien ha estado presente en posteriores ediciones de ARCO.

La obra que ahora presenta la Galería Blanca Soto se enmarca en el contexto espiritual que impregna toda su producción. Una espiritualidad en desuso en occidente y que reivindica desde premisas absolutamente íntimas.

Ginestar recrea en sus instalaciones ( El Cordón de Plata) ámbitos cuasi religiosos en los que el vacío y el silencio son parte misma de la obra, apropiándose del pensamiento de Lao-Tse: “el ser y el no ser se engendran mutuamente”.  Piezas como Dentro y fuera, una campana de varilla de hierro que alberga en su interior una bombilla a modo de badajo, péndulo inmóvil y  silencioso que evoca el intervalo entre tañido y tañido, se inscriben dentro de ese principio oriental.

Cada elemento que conforma la obra de Ginestar, cada dedo de cera, cada piedra o rama remiten a la naturaleza como elemento totalizador: “Cojo esa piedra o esa rama y la cubro de cera o de sal como medio de acrecentar su intensidad para que el espectador pueda vibrar como yo vibro sin recubrimientos, sin ficciones”. Estas materias (cera, parafina, pan de oro) de las que habla Ginestar  habitan las piezas y las conforman. Apariencias lujosas que envuelven y esencializan troncos y ramas de almendro o que contienen agua e irradian luz  (Objetos litúrgicos, Les vesprades des ametles) actúan como metáfora del misterio. Un misterio lleno de ritual y de intensidad que pasa por la repetición, “procedimiento plástico que repotencia la imagen mucho más que la variación”  y que convocan el ciclo vital, la secuencia circular de las celebraciones del mito y las estaciones en una suerte de minimalismo lírico.

El ser humano también es parte de la naturaleza, es naturaleza misma. Huellas de dedos, como metonimia del hombre  recorren los cartones de  La Ciudad Roja, dedos huecos, manos y pies de parafina remiten a los exvotos católicos,  a plegarias a los dioses, al mismo tiempo que a una identidad concreta.

Manos, dedos, pies (extremidades), cabezas reaparecen en los dibujos como signos y vehículos  físicos de comunicación:  tocar, andar, hablar, mirar, …

“Consideraciones, reflexiones, todo eso puede añadirse después; lo irrecuperable, lo ininventable, es la sensación”, escribe Gide. Es allí donde se concilian las percepciones sensoriales con la memoria, con nuestro propio viaje.  Ése que, por ser sólo nuestro, se hace más urgente contar.

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