“Realidad fragmentada”. Lalo Laborde

Lalo Laborde

Siempre se comenta que la fotografía es melancólica por definición y sin embargo ese estado, tal y como es escenificado por Eduardo Laborde, resulta serlo a pesar de ella, literalmente por encima de ella. La imagen fotográfica no viene a reivindicar una supuesta memoria colectiva, sino que se presenta como  fantasma de placer que acude al encuentro de nichos de deseo. Laborde fotografía vistas parciales urbanas y a partir de ellas reconfigura los mitos de la ciudad diseminados previamente en la iconosfera.

Laborde plantea con el color un proceso de borramiento de los detalles descriptivos de las fotografías, un difuminado del “punctum”, superponiéndose él mismo sobre los detalles imprevistos que se han colado por el obturador. El color del pastel se convierte en el tinte sentimental que cubre las fotos, con referencias a la anilina que los fotográfos de principios del XX empleaban para dar vividez a la imagen y que en el XXI leemos como viva imagen de la nostalgia. Que para llevar a cabo esta representación de la melancolía el artista retome un subproducto de la baja cultura como la postal no deja de ser un guiño irónico un poco pop, como un Canaletto arrojado al saco del correo ordinario.

Existe, además, una constante en sus últimos trabajos: las perspectivas a vista de pájaro. Ver la ciudad desde arriba implica una voluntad evidente de abarcarlo todo (y, sin duda, se trata de ciudades más abarcables: San Sebastián primero, Bilbao y Madrid después). En el caso de Madrid parecería incluso el punto de vista ideal, al ser contemplada la ciudad desde los tejados – allí donde suelen vivir los gatos. Sin embargo, confrontadas con los paisajes neoyorquinos, estas perspectivas imposibles plantean un aspecto más crucial: son calles que ya no podemos recorrer, de las que somos atraídos como mirada tan sólo puesto que, de intentar caminar por ellas, caeríamos precipitados. El despliegue simulácrico del espectáculo turístico de las fachadas pone en evidencia la conversión de la ciudad europea en parque temático cultural. Resulta sintomático que los signos de metamorfosis y crecimiento que Laborde inserta se reduzcan a los símbolos del progreso más prototípicamente decimonónicos: estructuras de hierro y ferrocarriles. Y cuando decide dedicar una obra al emblema de la modernidad en Bilbao, éste resulta ser un museo.

Si esta ciudad ya es un museo, si la calle no es el centro de nada y se ha convertido en un itinerario programado (casa-trabajo-supermercado), Laborde intenta recomponerla, como él mismo dice, “para sentirme vivo” (en las últimas obras el pastel ha dado paso al acrílico, y el aspecto resultante de foto pintada a película coloreada). Dado que las posibilidades de excitación han disminuido, quizá sea preciso inventar el vértigo.

 

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