“Aire de verano”. Ángel Masip

Ángel Masip, Como aire de verano. A la búsqueda de la belleza.

“Sonó el ruido de algo y olvidé todo lo que sabía”, dice un poema zen, que ahora tomo prestado para encabezar este texto.

Me resulta difícil hablar hoy de arte. De nuevo me encuentro inmerso en una catarsis viendo cómo poco a poco, casi todo lo aprendido se desprende de mí a través de pieles que caen en la arena, y el sol las hace volver, quizá, al polvo de donde vinieron.

Estoy empezando a pensar que en el arte se perdió el norte hace mucho tiempo. Dejó de tener ideales, (que como las estrellas son inalcanzables, pero sirven de guía al marinero) y se ha llegado a menospreciar incluso palabras como “belleza”, quizá por la incomoda subjetividad del término.

Se respira un ambiente denso, de mediocridad y escepticismo. Reina la banalidad, los discursos retóricos, la provocación fácil y escabrosa.

Por una parte vengo de dar una larga vuelta por la conocida monstruosidad del arte, por lo oscuro, por la tierra de las sombras, por su inteligencia perversa, por su mordaz crítica, sarcástica y burlona. Por las cavernas del morbo y lo macabro, donde nace la “nueva carne”, gritan los freaks al unísono y visten la última del esperpento y el Kitch.

Vengo de llenarme la cabeza de pájaros negros, muy listos ellos, y muy bien vistos en su corte. Vengo de pasear un rato largo por el grito y la queja, utilizando las vísceras con el descreimiento que me ofreció la cultura más pragmática.

Quizá este lado oscuro de la creación puede que tenga algo que ver con “lo sublime”. Edmund Burke escribió al respecto: “Todo lo que resulta adecuado para excitar las ideas de dolor y peligro, es decir, todo lo que es de algún modo terrible, o se relaciona con objetos terribles, o actúa de manera análoga al terror, es una fuente de lo sublime; esto es, produce la emoción más fuerte que la mente es capaz de sentir.”, pero continuaba mas adelante “(…) Cuando el peligro o el dolor acosan demasiado, no pueden dar ningún deleite, y son sencillamente terribles; pero, a ciertas distancias y con ligeras modificaciones, pueden ser y son deliciosos, como experimentamos todos los días.”1

Creo que estamos todos de acuerdo; jugamos en esta gran Ilusión que es la vida, haciendo equilibrios entre el bien y el mal, yin-yang, la polaridad y dualidad de las experiencias. Richard Klein buscaba una excusa y escribió: “Solo mediante su pertenencia a lo sublime puede entenderse la afición de la gente hacia los cigarrillos y por qué le gusta tanto algo que sabe a rayos y marea.”2

Llegamos a respetar más nuestros vicios que nuestro propio cuerpo y vida. Es preocupante vivir continuamente en el borde del abismo, encontrar en lo terrible lo bello, y no desde la conciencia, sino por una pereza mental-espiritual y una aceptación pasiva.

En el arte pasa lo mismo. Bien es cierto que en el terreno de lo macabro y monstruoso existen obras magníficas, a veces necesarias y en ocasiones reveladoras; obras que golpean la conciencia del espectador y lo encaminan a la reflexión para su propio auto-conocimiento, generando un deleite y goce en el límite de los valores establecidos y aprendidos, estéticos, morales y/o sociales.

Pero la mayoría de las veces éstas son abordadas con una frivolidad de cuentista y desde una posición de ignorancia real de lo que es “el mal”, la enfermedad y la muerte en definitiva. Como decía un buen amigo: -“Si, si!, a la gente le gustan los toros, pero desde las gradas!”.

Otras obras reflexionan sobre el propio arte, la estética y el lenguaje. Ya en el siglo XVI Montaigne escribía: “Hay más que hacer interpretando las interpretaciones que interpretando las cosas; y más libros sobre libros que sobre cualquier otro tema; lo único que hacemos es entreglosarnos”. Si en siglo XVI ya estaban las cosas así, imagínense a qué altura habremos subido la arquitectura conceptual de los discursos que se generan en el arte.

La cultura es un arma de doble filo que permite volar por el lenguaje, generando círculos herméticos de tal modo que pierde tierra firme, y toda creación corre el peligro de perder la frescura y la valentía de aventurarse fuera de ella. Tautología. Sesudeces que les llamo.

Otras obras se entretienen con estar a la última, propias de oportunistas de turno, banalidad predominante, sacralización de objetos por el contexto, recursos simplones, zafios y vacuos para una recurrida provocación morbosa, propia de los métodos sensacionalistas de los mass- media. Quizá todo esto sea necesario, pero llega a ser abusivo.

¿Por qué en el arte la inteligencia suele demostrarse casi siempre con una buena dosis de perversidad?. El autor suele elevar, de esta manera, su ego por encima del espectador. ¿Acaso ésta perversidad tiene algo que ver con “lo sublime”? Tiendo a pensar que tal término y concepto se queda grande en la creación actual, es más, creo que no existe.

Está bien, de “lo sublime” en la creación, todos hemos aprendido algo, pero ¿Qué pasó con “lo bello”?

Muy pocos artistas se atreven a lanzar un mensaje inequívoco que produzca una sensación expansiva y positiva en todas sus interpretaciones.

Busco un arte nuevo que utilice una inteligencia constructiva y argumentada, consciente de si mismo, lleno de buenas intenciones y que intente revitalizar sin prejuicios una verdadera belleza. Creo que según están las cosas en el mundo, los artistas tenemos la responsabilidad y la capacidad de utilizar la ventana y el espejo del arte, para mostrar mundos mejores y reflejar nuestra parte mas luminosa.

Parece que falta valentía.

Es más fácil criticar que proponer. Mirarse el propio ombligo que tomar una responsabilidad como ser humano. Quizá sea obvio lo que digo, pero como somos tan tercos, nunca está de más repetirlo.

Soy de los que creen que todas las obras de arte ya están hechas en alguna otra parte más elevada. En el silencio se pueden percibir y escuchar todas las mejores sinfonías. Si se cierran los ojos se pueden ver las mejores imágenes, las mejores pinturas y esculturas… Todo, está ahí arriba, en lo absoluto y eterno; nosotros, simplemente canalizamos. Cuanto mejor preparamos nuestro engranaje y nuestro canal para recibir y dar, cuanto más sinceros y más cerca de nosotros mismos nos encontramos, aparece la autenticidad, las grandes obras maestras. Las más humanas y espirituales proceden del encuentro con uno mismo y al fin y al cabo con el Todo. Estamos aquí para servir. Un artista no es ni más ni menos que una persona con la capacidad de mostrar e interpretar la vida y de llegar con su trabajo al campo de “lo indescriptible”; el Arte, aquello que desde la razón nunca se podrá explicar ni desvelar su verdadero misterio. El Arte siempre será “otra cosa”, “lo otro”. El verdadero artista, (ese médium), no puede hacer otra cosa, y por eso mismo cumple o debe cumplir su función, al igual que el ebanista, el cartero y el agricultor. De modo que cuando la sociedad y el mundo entero están tal como están, ¿por qué en vez de mejorar un poco esto con nuestras virtudes nos dedicamos a dejarlo todavía peor, obligando al personal a recibir gratuitamente psicoterapias y toxicidad estética y mental? Creo que cada uno tiene bastante con lo suyo, y el espectador se merece algo más que un puñetazo, unas vísceras esparcidas o una frase ininteligible. En cuanto se busca desesperadamente la originalidad, lo nuevo, el flashazo, todo ello desde un gran ego incontrolado que busca la continua aprobación externa y el aplauso (que se delata por una carencia interior destacada), se crean este tipo de obras de “consumo” propias de este último tiempo.

Tarkovski decía: “El arte surge y se desarrolla allí donde hay ese ansia eterna, incansable, de lo espiritual, de un ideal que hace que las personas se congreguen en torno al arte. El arte moderno ha entrado por un camino errado, porque en nombre de la mera autoafirmación ha abjurado de la búsqueda del sentido de la vida. Así, la llamada tarea creadora se convierte en una rara actividad de excéntricos, que buscan tan solo la justificación del valor singular de su egocéntrica actividad. Pero en el arte no se confirma la individualidad, sino que éste sirve a otra idea, a una idea más general y más elevada. El artista es un vasallo que tiene que pagar los diezmos por el don que le ha sido concedido casi como un milagro. (…)A lo absoluto sólo se accede por la fe y por la actividad creadora. Las condiciones imprescindibles para la lucha del artista hasta llegar a su propio arte son la fe en sí mismo, la disposición de servir y la falta de compromisos externos”.3

Creo que la manera de resolver el actual germen de mediocridad y escepticismo, es trabajar en la búsqueda de una verdadera espiritualidad en el arte. Un nuevo arte de unión y humildad. Que no menosprecie al espectador, pues por él nace y existe. Un arte sin delirios de grandeza por un ego hambriento, sino por una causa mayor de humanidad.

Un arte valiente y con una sincera intención inequívoca de portar un mensaje positivo, que ame la forma y el oficio que lo contiene y lance una propuesta optimista e inteligente.

Aire de verano, es una exposición que funciona como un soplo de aire fresco en un contexto cargado y denso. Una pintura fresca, que desata una lectura de alivio y amplitud. Ángel Masip viene de la isla donde todo este embolado posmoderno sigue todavía en auge, para proponer una renovada visión a temas universales y eternos donde el ser humano crece y debe seguir creciendo en armonía: la naturaleza, su paisaje, y su irrevocable belleza.

Masip demostró hace algunos años, cómo se podía hacer pintura en una época de descreimiento total hacia ésta; ironizó sobre ella y utilizó recursos ácidos y eléctricos, herméticos y un tanto lúdicos. Así fue como con la paciencia y habilidad de un estratega, reconoció el terreno y colocó un buen trabajo en un ambiente un tanto hostil para la pintura.

Pero una vez demostrado esa pericia para ser “rabiosamente contemporáneo”, dejó la ironía y las sandeces nocivas (evitando caer en un trabajo políticamente correcto), para comenzar un trabajo mucho más valiente, maduro y saludable.

Una nueva pintura que permite dar saltos eufóricos entre lo representado y la forma de representarlo, por una parte volamos sobre paisajes henchidos de vida, veteranos, nuevos, eternos…, y por otra disfrutamos de un oficio impecable de pintor, que demuestra un respeto multi-direccional donde el tiempo de ejecución es olvidado en aras de una idea superior.

La sonrisa serena y llena de esperanza que manifiesta Masip con su trabajo, se constata también en los títulos que éste elige para sus obras: “una larga espera”, “big mountain”, “un amanecer constante” o “Stimmung”, este último procede de de la interpretación que Giorgio de Chirico dilucidó como verdadera novedad en la obra de Nietzsche: “(…)Tal novedad, es una extraña y profunda poesía, infinitamente misteriosa y solitaria que se basa en la Stimmung (uso esta palabra alemana muy eficaz que se podría traducir como: “atmósfera en el sentido moral”.) Se basa en el Stimmung de otoño, cuando el cielo está claro y las sombras son mas largas que en verano, porque el sol empieza a estar más bajo.(…)”4

Masip rescata este postulado y lo hace suyo en un acto de lucidez mental, proponiéndonos un respiro o vía de escape que muchos estábamos esperando. Y como el aire de verano, refresca nuestro cuerpo acalorado rociado de sudor y despierta los sentidos en una sutil pero profunda transmisión de placer agradecido.

1.Edmund Burke. De lo sublime y de lo bello. Madrid. Alianza Editorial. 2005

  1. R. Klein, Cigarettes Are Sublime, Duke University Press, 1994.
  2. Andrei Tarkovski, Esculpir en el tiempo, Madrid, Editorial Rialp, 1994.
  3. Giorgio de Chirico, Memorias de mi vida. Madrid. Editorial Síntesis.2004 (No nos sorprendimos mucho Masip y yo, al descubrir nuestra mutua curiosidad por estas memorias, en las que una destacada figura de la vanguardia como fue De Chirico, reaccionó años más tarde de la supuesta modernidad de la que formó parte, por un desengaño argumentado).

José Luis Serzo

Texto extraído del catálogo Aire de verano. Ángel Masip. Blanca Soto Arte 2005

La realidad revisitada

(Recusación de la ironía)

 A Francisco Robles y Javier Echeverría sin
cuyas obras hubiera sido imposible este texto

La crítica de arte hace un abuso manifiesto de las categorías de sujeto y objeto a la hora de abordar la obra de un artista.  Así se dice, usualmente, de ciertas obras que abren, por ejemplo, una ventana al mundo interior del pintor sin que pueda saberse muy bien qué es eso de “mundo interior”; se dice también que en la obra de, por ejemplo, un Duchamp el sujeto desaparece para dejar expuesto, desnudo, el objeto al margen de los contextos de referencia en los que habitualmente debería aparecer (este sería el caso de los ready-mades) dejando en evidencia lo ridículo del culto a la personalidad del artista extravagante.  También, claro está, encontramos quien critica esas categorías de modo disolvente, buscando de una forma más radical la desobjetualización del arte mediante la performación de “obras” no vendibles y con aspiración salvífica (Beuys) y que suponen un despliegue de acciones en las cuales, en ocasiones – como es el caso de los accionistas vieneses -, el cuerpo del sujeto sufre las duras consecuencias de tales actos artísticos.  Otros, asentándose en la aceptación y en la comodidad y el cinismo de la ironía, se burlan de la tradición, a la que igualan con cualquier tipo de boutade posmoderna, provocativa y decadente como flor de un día (tal sería la estrategia de los hermanos Chapman con los grabados de Goya).

Pero hacer arte, sin renunciar a la belleza (el compromiso de Jaume Plensa) y consiguiendo estar a la altura, no de los tiempos sino, sencillamente, de las circunstancias,  requiere de la puesta en cuestión, siquiera tácita, de la distinción entre sujeto y objeto.  Una vuelta a la ingenuidad, al encuentro con la vida y el mundo: ese conjunto de fenómenos con los que hay que habérselas y de compromisos y desencuentros que constituyen el substrato de una existencia mínimamente auténtica.  Pero con la interpretación de las relaciones personales como inter-subjetividad se abrió la puerta a una mentalidad conforme a la cual el encuentro humano se entiende no como un choque o un compartir de proyectos vitales sino como un establecimiento de relaciones en red donde los no-sujetos que no forman parte de la red son entidades (otras culturas, un paisaje, un parque natural, un yacimiento, una fauna o flora típicas, una montaña inaccesible, etc.)   Unas entidades recortables a la escala de objeto de posible interés para ciertas comunidades de sujetos.  A esta oposición entre sujeto y objeto se opone, precisamente, la obra de Masip.

Pero el camino de regreso al mundo depara sorpresas a quien quiere recuperar la belleza y abordar un encuentro con la naturaleza que no sea el de la dominación de un objeto-cosa por un sujeto-mente.  Allí donde se desvanecen las fronteras entre yo, los que no son yo y la naturaleza – es decir, entre el timonel que controla, mis compañeros en mi solitario viaje a ninguna parte y el entorno domesticado que nos rodea- ya no encontramos una noche estrellada, un animado baile en el Moulin de la Galette, unas ninfeas flotando en el agua o la fachada de una catedral bañada por la luz del atardecer.  Encontramos que en el mundo del que formo parte – pero que, a la vez, es transformado y dotado de sentido mediante mi conducta- hay un entorno más de los que había; un entorno que es capaz de absorber la naturaleza y la ciudad.  Esta última ya había hecho de aquélla, en un primer momento, el objeto de sus miedos y de sus abusos y, una vez garantizado su control, tuvo que lavar las manchas que su sobreexplotación había hecho salpicar sobre su conciencia con el detergente del Derecho (mediante la reconversión de parte del entorno natural en “espacios protegidos”)  La naturaleza “protegida” deviene así de entorno a reliquia, sin perjuicio de su eventual habilitación como lugar de entretenimiento, donde descargar tensiones sin echar raíces y donde la antigua incertidumbre de un entorno en el que puede suceder lo imprevisible (como bien saben aquellos que lo han tenido como única faz del mundo)  es permutada por un riesgo controlado y gestionado económicamente en forma de multiaventura prefabricada; permuta de la cual tampoco escapa la Historia Universal, la cual tiende a convertirse en una temática de entretenimiento (como muy bien trasluce la obra de Sergio Belinchón).

Cuando nos adentramos en el nuevo entorno, éste nos abre la posibilidad de absorber y reinterpretar a los anteriores, facturándolos a su medida; una medida que no es la propia de lo humano – de un cuerpo que se compromete con su acción en el mundo- sino de lo espectral: seres “sin cuerpo” que pueden adoptar mil caras, fragmentando la propia personalidad en una mascarada de relaciones “cibernéticas”, supliendo la comunidad real por comunidades virtuales y anteponiendo los sentimientos sopesados por emociones prematuramente expresadas. Así, finalmente, nos encontramos con el riesgo de disolver los límites naturales de la corporalidad, sustituyendo vivencias por informaciones, la distancia por el tiempo real, los lugares y paisajes  por “sitios”…

Y de nuevo, la ironía, que vuelve… Pero la ironía es un bombón envenenado para el artista y el pensador, es un caballo de Troya que puede hacer sucumbir su fortaleza.  Produce gusto por la ambigüedad y no se posiciona, no judica.  Es difícil sortear el riesgo de la complicidad con lo denunciado y, a la vez, mantener la fuerza de la denuncia; una denuncia que en Masip adopta la forma del contraste, mostrando a la vez la naturaleza – con sus opacidades, sus durezas, sus aristas y salientes, sus tonalidades y riqueza de matices- y el esbozo geométrico, sobrio – sin palabras que pudieran dar pie a una interpretación del resto del contenido del lienzo- de algo así como un logotipo o imagen corporativa, mostrando la violencia de lo que sucede y no se apercibe. Lo peor de todo es que quien es capaz de captar la denuncia ya había advertido el peligro.  Y el arte sigue así enclaustrado en sus circuitos, cerrándose cada vez más la puerta a la trascendencia en el porvenir.  ¿Pero es que acaso puede haber porvenir allí donde ya no hay pasado – porque éste es tomado por el común como anécdota o como algo reproducible para recrearse en ello- ni futuro – cuando  la mutua comprensión es sustituida por haces de información que se suceden en un tiempo que es igual a cero?

  1. Caballero de la Torre
  2. Texto extraído del catálogo Aire de verano. Ángel Masip. Blanca Soto Arte 2005

 

 

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